13/1/09
GERVASIO SANCHEZ, POLíTICAMENTE CERTERO
Estimados miembros del jurado, señoras y señores:
Es para mí un gran honor recibir el Premio Ortega y Gasset de Fotografía convocado por El País, diario donde publiqué mis fotos iniciáticas de América Latina en la década de los ochenta y mis mejores trabajos realizados en diferentes conflictos del mundo durante la década de los noventa, muy especialmente las fotografías que tomé durante el cerco de Sarajevo.
Quiero dar las gracias a los responsables de Heraldo de Aragón, del Magazine de La Vanguardia y la Cadena Ser por respetar siempre mi trabajo como periodista y permitir que los protagonistas de mis historias, tantas veces seres humanos extraviados en los desaguaderos de la historia, tengan un espacio donde llorar y gritar.
No quiero olvidar a las organizaciones humanitarias Intermon Oxfam, Manos Unidas y Médicos Sin Fronteras, la compañía DKV SEGUROS y a mi editor Leopoldo Blume por apoyarme sin fisuras en los últimos doce años y permitir que el proyecto Vidas Minadas al que pertenece la fotografía premiada tenga vida propia y un largo recorrido que puede durar décadas.
Señoras y señores, aunque sólo tengo un hijo natural, Diego Sánchez, puedo decir que como Martín Luther King, el gran soñador afroamericano asesinado hace 40 años, también tengo otros cuatro hijos víctimas de las minas antipersonas: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo, a la que ustedes han conocido junto a su hija Alia en la imagen premiada, que concentra todo el dolor de las víctimas, pero también la belleza de la vida y, sobre todo, la incansable lucha por la supervivencia y la dignidad de las víctimas, el camboyano Sokheurm Man, el bosnio Adis Smajic y la pequeña colombiana Mónica Paola Ojeda, que se quedó ciega tras ser víctima de una explosión a los ocho años.
Sí, son mis cuatro hijos adoptivos a los que he visto al borde de la muerte, he visto llorar, gritar de dolor, crecer, enamorarse, tener hijos, llegar a la universidad.
Les aseguro que no hay nada más bello en el mundo que ver a una víctima de la guerra perseguir la felicidad.
Es verdad que la guerra funde nuestras mentes y nos roba los sueños, como se dice en la película Cuentos de la luna pálida de Kenji Mizoguchi.
Es verdad que las armas que circulan por los campos de batalla suelen fabricarse en países desarrollados como el nuestro, que fue un gran exportador de minas en el pasado y que hoy dedica muy poco esfuerzo a la ayuda a las víctimas de la minas y al desminado.
Es verdad que todos los gobiernos españoles desde el inicio de la transición encabezados por los presidentes Adolfo Suarez, Leopoldo Calvo Sotelo, Felipe González, José María Aznar y José Luis Rodríguez Zapatero permitieron y permiten las ventas de armas españolas a países con conflictos internos o guerras abiertas.
Es verdad que en la anterior legislatura se ha duplicado la venta de armas españolas al mismo tiempo que el presidente incidía en su mensaje contra la guerra y que hoy fabriquemos cuatro tipos distintos de bombas de racimo cuyo comportamiento en el terreno es similar al de las minas antipersonas.
Es verdad que me siento escandalizado cada vez que me topo con armas españolas en los olvidados campos de batalla del tercer mundo y que me avergüenzo de mis representantes políticos.
Pero como Martin Luther King me quiero negar a creer que el banco de la justicia está en quiebra, y como él, yo también tengo un sueño: que, por fin, un presidente de un gobierno español tenga las agallas suficientes para poner fin al silencioso mercadeo de armas que convierte a nuestro país, nos guste o no, en un exportador de la muerte.
Mayo 2008. Muchas gracias
foto: la mozambiqueña Sofia Elface Fumo con su hija Alia /blog de G Sánchez:
12/1/09
LAS CÁRCELES, PARA LA HISTORIA
Nuestro hijo del futuro no llegará a entender cómo se encerraba a los seres humanos por no pagar una multa de tráfico, porque estaban enfermos y la cabeza no les regía bien, porque eran adictos a sustancias que los sacaba de un mundo que no les gustaba o no los trataba bien.
Nuestro descendiente no encontrará una explicación lógica para justificar que se recluyeran a inmigrantes que vendían colonias baratas a las puertas de los grandes almacenes y salían pitando para evitar la persecución de los policías jaleados por los accionistas de las tiendas.
Dentro de unos años, será difícil explicar como se retiraban los hijos de sus padres a niños traviesos, golfillos de barrio, fracasados de la escuela, chavales de la calle, aventureros de la noche, granujillas del trapicheo ...
Cuando pase el tiempo, los antropólogos buscarán las retorcidas razones por las que nosotros no supimos resolver los problemas comunes de manera civilizada y encarcelábamos a nuestros semejantes durante años, condenándolos al peor de los sufrimientos, a la peor de la venganza, a enterrar en vida a los desadaptados, a los disidentes, a los parias, a los desesperados, a los que no tuvieron oportunidades ni cariño.
Los estudiosos no darán crédito cuando lean en las hemerotecas que había quienes defendían esta industria del dolor porque generaba empleo y se dejaron de construir pisos que nadie podía comprar y la construcción que no podía parar se desvió a las afueras de las grandes ciudades para erigir grandes cárceles, enormes presidios donde ir almacenando a los excedentes. Aquellos seres humanos que la máquina rechazaba porque no eran productivos, y sí en cambio costosos, molestos, inservibles, inútiles, insobornables, irreductibles.
Los eruditos del pasado repasaron las proclamas del empleo que creaban los muros, miles de personas con un sueldo fijo para mantener el sistema y seguir amarrándolos al consumo que les reportaba el falso sueño del consumo, que vendían como bienestar infinito, cuando en realidad los encadenaba también a un jefe, a un banco o a una compañía telefónica por la que poder comunicar al semejante lo triste que era la vida sin libertad, ellos que firmaban créditos, esposados de por vida.
Cuando pasen unos años, las cárceles serán museos del horror y del padecimiento y en sus celdas se recreará virtualmente la desesperación de los cautivos, las lágrimas negras de la soledad, el silencio como potro de tortura, los gritos de la autoridad aporreando el alma de los cautivos, las heridas y moratones de la ausencia querida, las patadas del olvido, los puñetazos de la indiferencia, la picana de la cerradura, el ahogamiento gélido del barrote, el azote del tiempo denso y muerto, el apaleamiento de los años rotos ...